LA VIUDA DEL EVANGELIO

HAY QUE DAR AL CORAZON, NO A LA MANO
(Domingo XXXII durante el año – Ciclo B) - Homilía -
Uno de los grandes santos que nos ha legado la magnífica Edad Media ha sido San Alberto Magno. Alberto, de la Orden de Predicadores (Dominicos), ha sido el maestro de Tomás de Aquino, su discípulo más egregio. Pero él mismo ha sido un eximio filósofo y un gran ilustrado de su tiempo, abarcando gran parte del saber de entonces en diversas disciplinas que supo cultivar. Pero por sobre todo esto fue santo.
Lo que aquí nos interesa son unas palabras suyas acerca de lo que significa vivir en plenitud. El maestro Alberto nos habla de “las tres plenitudes”, en el sentido de que existen como tres tipos de personas que se distinguen entre sí de acuerdo a su propio modo de vivir: existe “la plenitud del vaso, que retiene y no da; la plenitud del canal, que da y no retiene; y la plenitud de la fuente, que recibe, retiene y da”.
Estas tres plenitudes nos presentan entonces tres tipos de hombres: Los “hombres- vaso”, es decir aquellos que como dice uno de los himnos del Breviario viven “hartos de todo, llenos de nada…”, los que viven sin brindarse a los demás, o porque están interiormente vacíos o porque son egoístas al no compartir lo que tienen. Se trata de personas que nunca están conformes con lo que tienen, siempre “están mirando el vaso ajeno”, lo cual da lugar a uno de los peores pecados como es el pecado de la envidia. Son precisamente como los hipócritas que describe el Señor en el Evangelio: tienen pero no dan, se muestran.
Están los “hombres-canal”, aquellos que continuamente “hacen” pero no “son”, es decir aquellos que viven en el continuo activismo y han caído en la “herejía de la acción”, como dijera el papa Pío XII. Tienen mucho brillo y poco oro. También entran aquí aquellas personalidades verborrágicas, que hablan mucho y no dicen nada. Aquellas personas que viven de “diversión en diversión”, que por fuera tienen apariencia de ser muy alegres y divertidas, pero que en realidad no tienen sino una máscara que esconde debajo una gran tristeza, depresión y soledad. Vuelven de la fiesta y se tiran a llorar en la cama.
Y finalmente están los “hombres-fuente”, aquellos que dan mucho porque tienen mucho, y que tienen mucho porque reciben mucho. Y esto continuamente, como toda fuente. Por supuesto que al hablar de dar no estamos refiriéndonos sólo a bienes materiales, sino a todo tipo de bienes y, en definitiva, a dar el corazón en lo que se da. No simplemente “dar”, sino “darse”. Y no es que estos últimos sean unos privilegiados con dones especiales dados por el Creador, sino que todos estamos llamados a ser “hombres-fuente”, es decir a vivir en plenitud recibiendo esa agua Viva que es Cristo y que a la vez que nos vivifica nos permite dar vida a los demás.
La viuda del Evangelio era de esta tercera clase de personas, era una “mujer-fuente”, por así decir. O sea estaba llena de Dios, el único Absoluto, por lo que no le importaba dar todo lo que tenía para vivir (la actitud opuesta a la del joven rico). Daba sin temor y sin prejuicio. Era feliz dando porque cuánto más daba más llena se sentía. Jesús lo captó al instante y se lo mostró a sus discípulos.
Los demás daban de lo que les sobraba. No en vano el Señor muestra escena inmediatamente después de haber fustigado a los escribas que vivían de las apariencias. Eran los “hombres-vaso” que no tenían nada para dar, no porque no tuvieran cosas, conocimientos, poder o fama (lo tenían de sobra), sino porque no tenían lo fundamental: no tenían corazón. Vivían auto-alimentándose continuamente de su propio narcisismo. Vivían para la imagen y rendían el culto de la exterioridad. Si daban, en realidad “hacían que daban”, daban para que los vieran, daban de lo que les sobraba. Dar no era para ellos un acto de generosidad sino un acto de auto-afirmación. Si es por tener, tenían mucho, pero estaban vacíos por dentro.
La pobre viuda dio todo lo que tenía, y lejos de sentirse más vacía, se sintió más llena. Así son los pobres de espíritu, están llenos de Dios, por eso no temen perder nada porque lo tienen todo. Como le respondió una monja carmelita que conocí a una joven que le preguntó si no extrañaba la vida del mundo al estar toda su vida “tras las rejas”. Le respondió la hermana: “En absoluto. Acá somos muy felices porque lo tenemos todo. No necesitamos buscar afuera lo que ya hemos encontrado adentro”.
La Madre Teresa cuenta a propósito una hermosa anécdota vivida por ella misma: “Alguien vino a nuestra casa una noche y nos dijo: “Hay una familia hindú con ocho hijos que llevan varios días sin comer”. Tomé un poco de arroz y acudí inmediatamente en su ayuda. Pude ver sus caritas, pude ver sus ojos relucientes por el hambre. La madre tomó el arroz de mis manos, lo repartió en dos porciones iguales y salió inmediatamente. Al volver le pregunté: “¿Adónde has ido? ¿Qué has hecho?” Me contestó: “También ellos tienen hambre”. Al lado había una familia musulmana con el mismo número de hijos. Ella sabía que llevaban días sin comer. Aquella mujer hizo lo que hace Jesús: partir el pan. Ella partió su amor y lo compartió con sus vecinos. No puedo describirles los rostros de aquellos pequeños. Cuando entré sabían que estaban sufriendo. Sabía que tenían hambre. Cuando me fui, sus ojos brillaban de alegría porque madre e hijos podían compartir su amor con los demás. Lo que más me impresionó en aquel caso fue que la mujer “sabía”.
Magnífica historia. Esta mujer hindú fue como la viuda del Evangelio. Dio de lo que tenía cuando ella también lo necesitaba. De allí su magnífica lección expresada en esta frase: “Ellos también tienen hambre”. Si hubiera sido “vaso”, no hubiera dado nada; si hubiera sido “canal”, hubiera dado de mala gana porque se quedaría más vacía; pero era “fuente”, por eso dio con alegría, porque sabía que no perdía sino que ganaba y que seguiría recibiendo continuamente de Dios. Es que en el fondo la persona auténticamente generosa no es aquella que “da”, sino aquella que “se-da”. En el fondo, “dar” es “darse”. Porque si es por dar, también dan los políticos en tiempos de campaña… pero ¿quién “se da” realmente”? Aquí está la clave de la auténtica generosidad. “Dar hasta que duela”, decía la Madre Teresa.
Quisiera terminar con una breve historia atribuida al gran poeta alemán Rainer Rilke. Durante su estadía en París el poeta pasaba todos los días por un lugar donde se hallaba una anciana mendigando.
Cuando alguien se acercaba y depositaba en su mano una moneda, rápidamente la mujer la guardaba en su bolsillo sin siquiera levantar la vista. Así era siempre.
En una ocasión Rilke pasó con un amigo y deteniéndose ante la anciana le regaló una rosa que depositó en su mano extendida. En ese momento ocurrió lo que nunca había ocurrido: la mujer levantó su mirada, tomó la mano de su benefactor y la besó con fervor. Luego se levantó y se alejó de allí con la rosa en sus manos.
Durante toda una semana aquella anciana no volvió a aparecer por aquel lugar. Con asombro, el amigo le preguntó a Rilke la razón de su ausencia. El poeta respondió: “Hay que dar al corazón, no a la mano”.
Finalmente el amigo le hizo otra pregunta: “¿Y cómo habrá vivido la pobre mujer durante estos días ya que no ha recibido monedas de nadie?”
Rilke respondió: “De la rosa”.
El episodio no merece mayor comentario. Habla por sí solo. Tan sólo agregaría esto: Si se puede encontrar en una rosa motivos para vivir una semana, ¿cómo no podrá vivir toda una vida quien haya encontrado verdaderamente a Dios? Por eso, la anciana viuda del Evangelio aunque lo dio todo no se quedó sin nada porque lo tenía todo: tenía a Dios con ella.
Lo que aquí nos interesa son unas palabras suyas acerca de lo que significa vivir en plenitud. El maestro Alberto nos habla de “las tres plenitudes”, en el sentido de que existen como tres tipos de personas que se distinguen entre sí de acuerdo a su propio modo de vivir: existe “la plenitud del vaso, que retiene y no da; la plenitud del canal, que da y no retiene; y la plenitud de la fuente, que recibe, retiene y da”.
Estas tres plenitudes nos presentan entonces tres tipos de hombres: Los “hombres- vaso”, es decir aquellos que como dice uno de los himnos del Breviario viven “hartos de todo, llenos de nada…”, los que viven sin brindarse a los demás, o porque están interiormente vacíos o porque son egoístas al no compartir lo que tienen. Se trata de personas que nunca están conformes con lo que tienen, siempre “están mirando el vaso ajeno”, lo cual da lugar a uno de los peores pecados como es el pecado de la envidia. Son precisamente como los hipócritas que describe el Señor en el Evangelio: tienen pero no dan, se muestran.
Están los “hombres-canal”, aquellos que continuamente “hacen” pero no “son”, es decir aquellos que viven en el continuo activismo y han caído en la “herejía de la acción”, como dijera el papa Pío XII. Tienen mucho brillo y poco oro. También entran aquí aquellas personalidades verborrágicas, que hablan mucho y no dicen nada. Aquellas personas que viven de “diversión en diversión”, que por fuera tienen apariencia de ser muy alegres y divertidas, pero que en realidad no tienen sino una máscara que esconde debajo una gran tristeza, depresión y soledad. Vuelven de la fiesta y se tiran a llorar en la cama.
Y finalmente están los “hombres-fuente”, aquellos que dan mucho porque tienen mucho, y que tienen mucho porque reciben mucho. Y esto continuamente, como toda fuente. Por supuesto que al hablar de dar no estamos refiriéndonos sólo a bienes materiales, sino a todo tipo de bienes y, en definitiva, a dar el corazón en lo que se da. No simplemente “dar”, sino “darse”. Y no es que estos últimos sean unos privilegiados con dones especiales dados por el Creador, sino que todos estamos llamados a ser “hombres-fuente”, es decir a vivir en plenitud recibiendo esa agua Viva que es Cristo y que a la vez que nos vivifica nos permite dar vida a los demás.
La viuda del Evangelio era de esta tercera clase de personas, era una “mujer-fuente”, por así decir. O sea estaba llena de Dios, el único Absoluto, por lo que no le importaba dar todo lo que tenía para vivir (la actitud opuesta a la del joven rico). Daba sin temor y sin prejuicio. Era feliz dando porque cuánto más daba más llena se sentía. Jesús lo captó al instante y se lo mostró a sus discípulos.
Los demás daban de lo que les sobraba. No en vano el Señor muestra escena inmediatamente después de haber fustigado a los escribas que vivían de las apariencias. Eran los “hombres-vaso” que no tenían nada para dar, no porque no tuvieran cosas, conocimientos, poder o fama (lo tenían de sobra), sino porque no tenían lo fundamental: no tenían corazón. Vivían auto-alimentándose continuamente de su propio narcisismo. Vivían para la imagen y rendían el culto de la exterioridad. Si daban, en realidad “hacían que daban”, daban para que los vieran, daban de lo que les sobraba. Dar no era para ellos un acto de generosidad sino un acto de auto-afirmación. Si es por tener, tenían mucho, pero estaban vacíos por dentro.
La pobre viuda dio todo lo que tenía, y lejos de sentirse más vacía, se sintió más llena. Así son los pobres de espíritu, están llenos de Dios, por eso no temen perder nada porque lo tienen todo. Como le respondió una monja carmelita que conocí a una joven que le preguntó si no extrañaba la vida del mundo al estar toda su vida “tras las rejas”. Le respondió la hermana: “En absoluto. Acá somos muy felices porque lo tenemos todo. No necesitamos buscar afuera lo que ya hemos encontrado adentro”.
La Madre Teresa cuenta a propósito una hermosa anécdota vivida por ella misma: “Alguien vino a nuestra casa una noche y nos dijo: “Hay una familia hindú con ocho hijos que llevan varios días sin comer”. Tomé un poco de arroz y acudí inmediatamente en su ayuda. Pude ver sus caritas, pude ver sus ojos relucientes por el hambre. La madre tomó el arroz de mis manos, lo repartió en dos porciones iguales y salió inmediatamente. Al volver le pregunté: “¿Adónde has ido? ¿Qué has hecho?” Me contestó: “También ellos tienen hambre”. Al lado había una familia musulmana con el mismo número de hijos. Ella sabía que llevaban días sin comer. Aquella mujer hizo lo que hace Jesús: partir el pan. Ella partió su amor y lo compartió con sus vecinos. No puedo describirles los rostros de aquellos pequeños. Cuando entré sabían que estaban sufriendo. Sabía que tenían hambre. Cuando me fui, sus ojos brillaban de alegría porque madre e hijos podían compartir su amor con los demás. Lo que más me impresionó en aquel caso fue que la mujer “sabía”.
Magnífica historia. Esta mujer hindú fue como la viuda del Evangelio. Dio de lo que tenía cuando ella también lo necesitaba. De allí su magnífica lección expresada en esta frase: “Ellos también tienen hambre”. Si hubiera sido “vaso”, no hubiera dado nada; si hubiera sido “canal”, hubiera dado de mala gana porque se quedaría más vacía; pero era “fuente”, por eso dio con alegría, porque sabía que no perdía sino que ganaba y que seguiría recibiendo continuamente de Dios. Es que en el fondo la persona auténticamente generosa no es aquella que “da”, sino aquella que “se-da”. En el fondo, “dar” es “darse”. Porque si es por dar, también dan los políticos en tiempos de campaña… pero ¿quién “se da” realmente”? Aquí está la clave de la auténtica generosidad. “Dar hasta que duela”, decía la Madre Teresa.
Quisiera terminar con una breve historia atribuida al gran poeta alemán Rainer Rilke. Durante su estadía en París el poeta pasaba todos los días por un lugar donde se hallaba una anciana mendigando.
Cuando alguien se acercaba y depositaba en su mano una moneda, rápidamente la mujer la guardaba en su bolsillo sin siquiera levantar la vista. Así era siempre.
En una ocasión Rilke pasó con un amigo y deteniéndose ante la anciana le regaló una rosa que depositó en su mano extendida. En ese momento ocurrió lo que nunca había ocurrido: la mujer levantó su mirada, tomó la mano de su benefactor y la besó con fervor. Luego se levantó y se alejó de allí con la rosa en sus manos.
Durante toda una semana aquella anciana no volvió a aparecer por aquel lugar. Con asombro, el amigo le preguntó a Rilke la razón de su ausencia. El poeta respondió: “Hay que dar al corazón, no a la mano”.
Finalmente el amigo le hizo otra pregunta: “¿Y cómo habrá vivido la pobre mujer durante estos días ya que no ha recibido monedas de nadie?”
Rilke respondió: “De la rosa”.
El episodio no merece mayor comentario. Habla por sí solo. Tan sólo agregaría esto: Si se puede encontrar en una rosa motivos para vivir una semana, ¿cómo no podrá vivir toda una vida quien haya encontrado verdaderamente a Dios? Por eso, la anciana viuda del Evangelio aunque lo dio todo no se quedó sin nada porque lo tenía todo: tenía a Dios con ella.
Pbro. Domingo Alberto Soria
Arquidiócesis de Mercedes – Luján

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